Cook Islands (Rarotonga) – 2 últimos días en Rarotonga

by | 22 Jul 2016 | 0 comments

21 – 22 julio 2016

219 días viajando…
39 días en Rarotonga…

Jueves

El penúltimo día en Rarotonga transcurre tranquilo. Por la mañana voy a Waffle Shack a terminar de prepararlo todo para el viaje y saco dinero para pagar el hostel, que voy con retraso.

En el hostel veo a Bill, el padre de Tisa, que es el que lleva la gestión en su ausencia, mientras ella está en Australia. Bill es un hombre local, tranquilo, divertido y encantador. 

Normalmente el check-out debe hacerse antes de las 10h, pero pagando $5 extra, te dejan usar la cocina y los baños durante el día de salida. Como mi vuelo es mañana de madrugada, le digo que dejaré la habitación por la mañana, pero que me gustaría usar las facilities durante el día. Me dice que por supuesto y que, para mí, es for free porque, dice, soy a happy person y que en el hostel les gusta la happy people que se integra con el resto de la gente y genera buen rollo. La verdad es que de lo más bonito que me han dicho por aquí. :,-)

Con lo tímido que yo era, y lo social que me he vuelto. Incluso en inglés.

Por la tarde me voy a correr. Me hago un par de kms de ida por la playa y lo mismo de vuelta pero por la carretera.

Cuando salgo, veo en la parada de bus a Emma, una china que ha llegado hoy al hostel. Al volver veo que sigue ahí. Le pregunto y me dice que va a Avarua a dar una vuelta, pero que el bus no pasa. Me ofrezco a llevarla yo y así tengo una excusa para salir.

Así que me ducho y nos vamos en la moto. Damos una vuelta por Avarua y terminamos en Trader Jacks para tomar algo.

Cuando pasamos al lado del Boogies, veo en la puerta que esta noche toca la banda Boogiemen. Deduzco que es la banda del local y la misma que veo todos los viernes. Y parece que hoy, a pesar de ser jueves, también tocan.

Así que nos vamos al Hostel a cenar. Compartimos una sopa de breadfruit, arroz y otras verduras (que preparo yo) con una menestra (que prepara ella) y después consigo liar a medio hostel para que se vengan a Boogies esta noche.

Al final somos Finn (NZ), Ruby (Canadá), Janek e Isabel (Alemania), Emma (China) y yo. Como suele ocurrir, se quedan bastante flipados con la calidad de la banda y, en especial, con la del guitarra, Anania Browne.

Antes de irnos, me despido de Antonella, la argentina, que se va esta noche.

Viernes

Último día en Rarotonga…

Toca levantarse pronto para hacer la mochila. Y nada más ir a la cocina me encuentro con… Antonella!

Y es que resulta que se equivocó de día. Cuando Bill la llevó anoche al aeropuerto ,no había absolutamente nadie allá. Pensó que había llegado muy temprano, pero no. Es que no hay vuelos los jueves por la noche. Menos mal que Bill se dio cuenta y volvió a por ella.

Su vuelo sale esta noche, como el mío. El suyo es a las 2:30 con Air New Zealand y el mío a las 3:35 con Jetstar.

Yo me preparo uno de mis desayunos habituales, que es espectacular: Bananas trituradas con cacao (100% puro), leche de almendras y frutos secos.

Y lo completo con unas tostadas con Tahini. Ya estoy en modo “terminar con lo que me queda de comida”.

Recojo todas mis cosas y las dejo en la habitación de Antonella, que ella sí la ha pagado todo el día.

Carlos me manda un mensaje para quedar en Waffle Shack a tomar café. Es perfecto para despedirme de él, porque aún no sabe que me voy. Como Antonela está sola, le digo que se venga, que vamos a hablar en español. Así que quedamos los tres y pasamos una mañana agradable de charla. Carlos no acaba de entender que rechace el trabajo y me vaya. A él le encanta vivir aquí.

A la vuelta, me hago un arroz de los míos, liquidando existencias. Y la verdad es que me queda especialmente rico.

Después de comer les propongo a Janek/Isabel y a Antonella que vayamos a ver el aterrizaje del avión de Air New Zealand, que ellos aún no lo han visto. Así que allá que vamos.

En la foto salgo superserio, porque es que estaba intentando conseguir un buen encuadre.

Por la tarde me voy a recoger a Emma al aeropuerto, que ha ido a pasar el día a Aitutaki y no tenía como llegar al hostal y aprovecho para llevar mi mochila antes de devolver la moto. En el aeropuerto no me la aceptan, porque sólo está abierto los vuelos domésticos y el personal es diferente al de los internacionales. Pero me recomiendan llevarla a The Islander Hotel, donde, efectivamente, me la guardan sin problema. Recojo a Emma y a la vuelta paramos en Vaiana’s para tomar una cerve.

y finalmente devuelvo la moto que me ha acompañado las 4 últimas semanas.

Una vez en el hostel, para cenar, acabo definitivamente no sólo con lo mío, sino también con lo que dejaron los argentinos. Mezclo dos sopas de sobre (calabaza y champiñones) para hacer una crema, que la verdad es que queda estupenda. Y me hago un arroz con lo que me queda de la remolacha y la lombarda, que queda superrojo. Y vuelve a ser un éxito. De él comen Emma, Carmen, Janek, Isabel…

Me voy a tomar en serio lo de aprender un poco más de cocina y empezar a hacerlo más en serio.

Mi plan es pasar mis últimas horas en Boogies escuchando a The Boogiemen Band. Ofrezco el plan en el hostel y se apunta todo el mundo. Al final nos juntamos 9 personas del hostel (Finn, el búlgaro, las dos Carmen, Emma, Anto, Janek, Isabel y yo) más Carlos que llega antes que nosotros.

Tocan algunos de mis temas favoritos, como “Wonderful World”…

…u hotel California.

Cuando llevan unas pocas canciones, de repente el líder de la banda dice… “¿A qué hora sale tu vuelo, Pablo?”

Yo flipo.

Y es que Carlos, se había chivado previamente a la banda que es mi última noche, y ya me conocen porque vengo todos los viernes, por eso me hacen este pequeño homenaje. Me dicen si tengo alguna petición especial, y pido que toquen Europa, de Carlos Santana. La tocaron uno de los primeros días que vine y no la han vuelto a tocar… y Anania Browne se sale en esa canción.

No me puedo imaginar una despedida más emotiva de este lugar. Voy a echar de menos muchas cosas de aquí, pero desde luego Boogies va a ser de las que más.

Cuando llega el Party Bus, la cosa se anima ya del todo.

A las 12 en punto, como la Cenicienta, Antonella y yo nos vamos para el Aeropuerto. La idea es ir andando con su maleta, y recoger las mías en el Islander Hotel. Hay como 20-25 minutos andando hasta allá. Y apenas hemos andado cuatro pasos, cuando nos para una camioneta de la policía. Y yo pienso… “ya la hemos cagado en algo”. 

– ¿Dónde van?
– Pues al Aeropuerto…
– Ah, ok. Pues suban, les llevamos.

En serio. Tal cual. Ésta es otra de las cosas que voy a echar de menos. 

Al facturar, Antonela se encuentra con el problema de que no tiene billete de salida de Nueva Zelanda (para entrar siempre te piden un billete para salir. Yo tengo el de Brisbane). Tuvo uno para Argentina, pero le pidió a su agencia retrasarlo y quedaron en que se lo cambiarían y le avisarían, y ahí se quedó la cosa. Me quedo con ella para hacerle de intérprete, porque entre el agobio que lleva y su nivel de inglés, me la encuentro completamente bloqueada, así que le ayudo a resolverlo. Al final un empleado de Air New Zealand, que se porta maravillosamente bien, contacta con la agencia y consiguen recuperar el billete aunque este caducado, activarlo de nuevo y cambiarlo de fecha para dentro de tres meses (lo que da la visa). Así que al final lo solucionamos con un coste de tan solo $79 por el cambio fecha. Muchísimo menos que haber tenido que comprar uno nuevo. Y todo esto, a todo correr para que le dé tiempo a pillar su vuelo. Como siempre, todo tiene solución, y los agobios sólo sirven para bloquearse. La sangre fría y el estudiar todas las posibilidades, es la mejor manera de enfrentarse a estas situaciones.

Yo facturo sin problemas y nos despedimos en su puerta de embarque. Mi vuelo sale una hora después. A las 3:35. 

La verdad es que es mortal salir tan tarde, porque en el vuelo se duerme fatal. La duración del viaje es de 4 horas y media, pero es como viajar al futuro. Salgo a las 3:35 de la noche del sábado y llego a las 6 de la mañana del domingo. El sábado ha desaparecido. Aquí es donde pago el haber tenido dos domingos cuando llegué. Así que no os extrañe que en el post de mañana me haya saltado un día.

Y así terminan mis 39 días en Rarotonga y mis 2 semanas en Aitutaki. Ha sido una experiencia única. Es verdad que es un sitio muy especial, con sus cosas buenas y sus cosas malas, pero casi puedes sentir como si las islas tuvieran vida propia y te atrajeran o te rechazaran según en qué momentos.

Pero siento que me voy en el momento preciso. Cuando ya he vivido con intensidad lo que las islas me ofrecían, sin llegar a quemarme, cosa que me hubiera ocurrido sin dudarlo si me hubiese quedado.

Me apetece mucho volver a ver a Nat, Kupe y Gala, me apetece mucho el cambio de aires a terreno conocido, pero también me apetece muchísimo el salto a Brisbane, terreno completamente nuevo y por descubrir. La emoción de lo nuevo, eso es lo que me mantiene vivo.

Hay quien ha pensado que volver a Australia es como un estancamiento en mi viaje, o casi un paso atrás. Pero no es así. Yo no me he propuesto dar la vuelta al mundo, o visitar el máximo número de países que pueda… no me he propuesto avanzar en una dirección concreta o recorrer según que lugares. Yo me he propuesto conocer sitios que no conocía en el momento que sienta que debo estar en ese lugar. Sin más planes. Sin más objetivos. Y sin más preocupaciones.

Probablemente me lo podía haber montado de otra forma, dando la vuelta al mundo o intentando visitar todos los países existentes, o escribiendo un blog para viajeros muy currado que tenga tantas visitas que te lo patrocinen…

…pero todo ello me parece estresante y lo que más aprecio ahora es la libertad y la tranquilidad que me está proporcionando esta manera de viajar y de vivir.

Al final supongo que sí… que estoy siguiendo a mi corazón.

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