Pues como me prometí en Febrero, vuelvo a Italia para visitar a Ale, Vero y Katia en su restaurante de Piazzaga, al lado del lago Como. Es algo que desde que me lo propusieron me apetecía mucho, así que he buscado un hueco de 9 días… y allá que voy!

El vuelo sale a las 9:45 de Barajas hacia Milán.

Mi idea es pasar unos días trabajando con ellos en el restaurante y, luego, dedicar los últimos días a conocer Cinque Terre, como me ha recomendado mi couchsurfer italiana Federica. Se trata de 5 pueblecitos especialmente bonitos en la costa oeste de Italia, cerca de Génova.

Despegamos con puntualidad y me paso el vuelo durmiendo. Llevo algo de sueño atrasado, así que aprovecho. Lo malo es que los asientos de Ryanair no se pueden abatir, así que mi cuello hace lo que puede por sostener mi pesada cabeza. Hacia el final del vuelo me despierto con el anuncio de que nos ofrecen billetes del bus que va del aeropuerto de Bérgamo a Milán a precio razonable (por lo que vi en la web hay varias empresas y todas al mismo precio: 5€ ida y 9€ ida y vuelta). Compro ida y vuelta, ya que no hay que especificar cuándo se vuelve.

Aterrizamos con 5 minutos de antelación (11:55), y hago la salida más rápida que jamás he hecho de un avión: En apenas 2 minutos abren las puertas, monto en un bus que apenas recorre 30 metros y nos deja en la puerta, paso un control sin colas… y ya estoy fuera.

A las 12:10 ya estoy montado en el bus a Milán y a las 12:15 salimos para allá.

Llego a Milano Centrale en una hora. He quedado con Katia en ir a Piazzaga por la tarde, cuando no pegue tanto el sol (el camino se las trae), así que me voy en metro al centro a hacerme la foto oficial…

…y comer algo. Para comer elijo mi sitio favorito, el Juicebar de la Via Agnello, donde me pido una ensalada y un zumo de cítricos. Como con calma, me tomó un café y sobre las 16h y pico vuelvo andando a la estación Centrale con un calor de espanto. Me compro en un kiosco una botella de agua de 1.5 l. y un limón (me cobra 2,5€ por el agua y 1,5€ (!!) por el limón) y me hago mi bebida favorita para cuando muero de sed. Bebo mucho mejor el agua con limón que el agua sola.

Llego a la estación, y me compro un billete para Como-San Giovanni. El trayecto es de una media hora y sale por 4,80€.

A las 17:10 sale mi tren en dirección al lago.

Llego a las 17:45. Aprovecho para ir al baño y ponerme los pantalones cortos para el camino que me espera. Cuando salgo, veo que las líneas 30 y 31 de bus que pasan por Torno, empiezan justo en esta estación, pero pasan cada hora y acaban de pasar a las 17:50. No pasa nada. Aprovecho para empezar el libro que me dejó mi amiga Noe “Los Mensajes de los Sabios” de Brian Weiss. Nada más empezar ya me ha enganchado. Creo que va a ser muy importante en este viaje. Gracias, Noe.

A las 18:45 sale el bus 31. Son 1,80€. En apenas 15 llego a Torno. Me meto en una cafetería con WiFi, pido una spremuta d’arancia, aviso a Katia que empiezo la subida a Piazzaga, tal y como me pidió, y miro en Google Maps cómo llegar, porque ya no me acuerdo.

A las 19:15 inicio la subida por las callejuelas y escaleras del pueblo…

…donde las vistas al lago son espectaculares.

Llego a un camino de piedra empinadísimo que, según Google Maps lleva directamente a Piazzaga, aunque a mi me suena que el sendero era de tierra y más por el campo.

Cuando llevo como más de 1/2 hora subiendo sin parar y completamente empapado de sudor, miro el Google Maps y veo que me he desviado considerablemente del camino marcado, aunque yo no me he salido de este camino de piedras. Deduzco que estoy subiendo por donde suben los coches que dan un gran rodeo, en vez de haber tomado el sendero directo.

Paro a un coche que sube, donde van el conductor, una especie de obispo a la antigua usanza y tres niños detrás, y les preguntó como llegar a Piazzaga. Me confirman que está al otro lado del valle. Pero que siga subiendo hasta Montepiatto y allí veré una indicación a Piazzaga.

Cuando siguen su camino miro el Google Maps y veo que Montepiatto está a tomar por culo, mientras que Piazzaga está en teoría muy cerca, así que empiezo a bajar para ver si soy capaz de encontrar el sendero. Paro otro coche que me confirma que el sendero que busco está bastante abajo del camino, así que sigo bajando. Me tiemblan las piernas, de lo empinada que es la bajada y el cansancio acumulado en la subida.

Cuando me voy a meter por un sendero para ver si es ese, pasa el coche del obispo, que ha vuelto a bajar pero sólo con el conductor, y me dice que por ahí no, y que como es que he vuelto a bajar y no he seguido como me dijo. Le explico que vi que Montepiatto estaba muy lejos y preferí bajar. Me dice que realmente me quedaba poco y que desde ahí a Piazzaga es llano. Pero que ahora que he bajado, es peor, claro. Me dice que él tiene que volver a subir y que, si quiero, me lleva hasta el cruce. Se lo agradezco desde lo más profundo de mi camiseta empapada de sudor.

Me dice que se llama Ángelo (luego Katia me contará que es un conocido pediatra) y me cuenta que el bosque que nos rodea es un bosque joven, ya que hasta la 2ª guerra mundial ahí se cultivaba, pero que luego se abandonó y se formó un bosque. Sobre todo hay castañas con las que hacen harinas.

Me deja en el cruce. Efectivamente a partir de ahí el camino es más llano.

Por fin consigo llegar a Piazzaga sobre las 20:30. Encuentro el Crotto y por fin conozco a Katia, que, como no podía ser de otra manera, es un encanto de persona. Está con su amigo Stefano y me uno a ellos a tomar algo.

Las vistas desde la terraza del restaurante son espectaculares.

El amigo se va y nos quedamos charlando hasta que anochece. Luego me enseña la casa donde vamos a dormir. Tiene dos plantas y un sótano. La planta de arriba es donde duermen Katia, Ale y Vero; en la planta baja dormiremos un americano de 20 años, Joy, que está de helper también (aunque ahora está en Praga de visita y no vuelve hasta el viernes) y yo. Y el sótano es para la limpieza y el baño.

Katia se vuelve al Crotto y yo me doy una buena ducha para quitarme todo el sudor acumulado. 

Cuando vuelvo al Crotto, Katia me ofrece algo de cenar y un café.

Más charla. Me cuenta que es el último año del Crotto. Buscan traspasarlo este año, porque está tan apartado que no les da lo suficiente para los tres. Aunque ése es gran parte de su encanto, pero cuesta que llegue la clientela, claro, y dependen especialmente del buen tiempo. Si hay temporada de lluvia, se les hunde el negocio. Están pensando montar otro restaurante en Como, pero Katia prefiere algo en la naturaleza más que en la ciudad. Es una pena, la verdad. Este sitio es mágico.

Sobre las 23h Katia se retira a dormir y yo me quedo escribiendo el blog. Aquí hay WiFi, pero en la casa no hay, así que aprovecho.

En la casa me quedaré leyendo hasta que se me cierren los ojos, cosa que ocurrirá en cerocoma.

Y así concluye mi primer día en Italia. La sensación de estar aquí es… sanadora.

Buenas noches.

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