New Zealand (Akaroa) – Días de relax y póker

by | 17 Oct 2017 | 0 comments

15 – 17 octubre 2017

670 días viajando…
3 días en Akaroa…

Pues como iba diciendo… el domingo 15 de octubre por la tarde estoy en Halswell haciendo autostop hacia Akaroa, donde me espera Alister, mi nuevo host de Couchsurfing.

Sólo tengo que esperar unos 15 minutos, hasta que me para Alan y su perrita Meg. Alan es todo un personaje y estamos de charla todo el camino. Sólo puede llevarme hasta Motukarara, que es donde él vive, pero me lleva un poco más allá para que encuentre un buen lugar donde situarme. Finalmente me deja en el Blue Duck Cafe. Le agradezco su amabilidad y le pido la foto de rigor. Es de las mejores que he sacado.

Vuelvo a la carga en el Blue Duck Café…

Aquí la espera se hace más larga. Se cumple lo que suponía, muy pocos coches van en dirección a Akaroa. Y de los que vienen de allá… te encuentras de todo.

Pero al final siempre para alguien si tu actitud es buena. En este caso mi hada salvadora es Heidi que va hacia Akaroa, así que consigo hacer el trayecto en solo 2 autostops. Heidi es encantadora y tenemos una charla de lo más interesante. Ella y su marido convirtieron su casa, cerca de Akaroa, en un Hostel Backpackers y lo estuvieron llevando durante bastantes años, pero cuando sus hijas se hicieron adolescentes, pidieron tener una vida algo más privada y normal, así que decidieron volver a sus antiguas profesiones.

Como he llegado una hora antes de lo previsto (he quedado con Alister en llegar después de las 19h), le pido que me deje en algún lugar para tomar algo y ahí nos despedimos dándole las gracias por la amabilidad y la charla.

Heidi me ha dejado en el HarBar Beach Cafe and Bar, justo al lado de la playa, donde me pongo en modo relax disfrutando del atardecer.

A las 19h cojo mis cosas y marcho para la casa de Alister. No contaba con que su casa estaba en plena colina. Voy con mi mochila grande a la espalda, la pequeña delante y una caja de comida en las manos. Llego con dificultad… pero llego.

Ahí conozco a mi nuevo host, Alister, un kiwi de 23 años que vive con su novia Bianca (más joven aún) y su amigo Sam (que parece sacado de una peli de universitarios americanos).

Me enseñan la habitación que podré ocupar por 3 noches: La sala de ensayos.

Como es casi la hora de cenar, ellos se preparan unos perritos calientes y yo me hago uno de mis arroces con lentejas, cúrcuma, jengibre y frutos secos. La verdad es que venía muerto de hambre, porque me he saltado el almuerzo con todo el lío. Menos mal que llevo una caja de comida y ellos me dejan usar la cocina.

Alister es un apasionado del Póker y como le comenté que a mí también me gustaba mucho el Texas Hold’em, me dijo de ir mañana a un torneo amistoso que se juega en un bar de por aquí todos los lunes por la noche.

Como hace siglos que no juego y lo tengo bastante olvidado, después de cenar Alister y Bianca me ofrecen jugar unas partidas sin dinero, sólo con fichas. Veo que hay muchas reglas que se me habían olvidado, pero rápidamente le voy cogiendo el truquillo y de 4 partidas gano 2.

El lunes 16 de octubre todos se van a currar y me dejan solo, por lo que decido darme una vuelta por el pueblecillo. Empiezo subiendo su calle hasta la entrada al Stanley Park, desde donde se disfrutan de unas vistas estupendas del lugar y la bahía.

Bajo por el parque hasta el paseo marítimo, pasando por uno de los esos monumentos a los caídos en las guerras que tanto abundan en Nueva Zelanda.

Akaroa es una pequeña población situada en la Península de Banks, muy cerca de Christchurch. Aunque Nueva Zelanda fue colonia inglesa, en Akaroa se estableció un asentamiento francés en 1840 cuya influencia aún es muy visible, por todas las referencias francófonas en las tiendas y locales.

El tiempo no acompaña. Hace viento y un frío del carajo. Para resistir, me meto a tomar un café en el Bully Hayes Restaurant & Bar.

Y de ahí, ya me voy más o menos directamente a casa de Alister. Hace demasiado frío para seguir por ahí.

En su casa paso el rato escribiendo el blog y haciéndome algo para el almuerzo. Alister llega del trabajo por la tarde…

– Let’s play poker!

Nos vamos en su mini-scooter (los dos abultamos el doble que la moto. Voy acojonado) a The Bach, un café donde se juntan todos los lunes para echar unas partidas de Texas Hold’em.

Yo voy bastante nervioso. Hace siglos que no juego (menos mal que ayer me puse al día), sólo he jugado con amigos y aquí se juega con dinero. Mis nervios aumentan cuando compruebo que seremos como 18 personas jugando en 2 mesas.

Las reglas son sencillas. Las partidas (estaremos en 2 mesas) empiezan a las 18:30. Todos compramos un primer lote de fichas de 5.000 puntos por 20 NZD. Quien pierda todas sus fichas, tiene la opción de comprar otro lote… pero sólo hasta las 20:30. A esa hora puedes hacer una última compra, si quieres (aunque aún tengas fichas), y a partir de entonces, quien se quede sin fichas, se queda fuera. Hay premios para los 4 últimos que queden jugando.

Durante las dos primeras horas, estoy bastante torpe, un poco a verlas venir. Mi primer lote se esfuma enseguida y el segundo también. A las 20:30 hacemos el brake. Llevo gastados 60 NZD y me quedan pocas fichas de mi tercer lote para seguir, así que decido hacer una última compra de fichas para la recta final. Parece que ya le voy pillando el truquillo. Y, en cualquier caso, consideraré estos 80 NZD (47€) como el precio de pasar una noche divertida y única.

En el brake sacan montones de pizzas. Invita la casa. Todo un detalle a estas horas. La gente está como una cabra. Muchos vienen disfrazados. El ambiente es genial.

Cuando reanudamos, se me va dando mejor. Juego con bastante cuidado, sin arriesgar demasiado. No yendo muchas veces, hasta estar seguro. Una de las veces que por fin tengo una buena mano, me lanzo, pero discretamente, para no asustar. Funciona, hay dos más que también entran en la apuesta. Según van saliendo cartas, consigo que la apuestas suban bastante y lo veo bastante claro. Y, efectivamente, tengo una escalera. Me llevo la jugada que es bastante abultada. Esto me da un margen considerable para aguantar bastante tiempo.

De esta manera voy viendo caer a los demás, que juegan bastante mas agresivamente. Cada 2×3 hay un “all-in” y alguien se queda fuera. Yo sigo con mi plan de no ir si no lo veo claro e ir poco a poco cuando tengo una buena mano. Pero en general mis ganancias van bajando peligrosamente

De esta manera, pronto quedamos la mitad y pasamos a una única mesa.

En esa mesa entro con poquitas fichas, pero vuelvo a tener otro golpe de suerte, donde he conseguido que me sigan 2 apostantes y al final me lo llevo. Vuelvo a estar en el juego.

Y cuando quiero darme cuenta, quedamos 4 en la mesa. Estoy entre los 4 ganadores. Aún así, el premio del 4º no me cubre mi gasto, pero…

…otro all-in, la dueña del local acaba de caer. Sólo quedamos 3.

Aguanto sin arriesgar y dejo que se maten entre ellos y así, de repente…

– all-in!

Otro que cae. Sólo quedamos el dueño del local, que le ha ido fabulosamente toda la noche, y yo. La diferencia de fichas es abismal. Probablemente quintuplica lo que yo tengo.

La gente está flipando con el viajero español. Me preguntan…

– ¿Cuánto tiempo llevas jugando a esto?
– Puessss… jugué ayer… hummm… y hace unos 3 o 4 años.

Antes de empezar “la final”, me propone un trato. El segundo premio son 210 NZD. Me ofrece 300 NZD a cambio de no jugar. Es una manera de asegurarse el gran premio. Pero para mí la diferencia de 90 NZD no significa gran cosa (una vez que es seguro que recupero lo que he gastado) y la diversión de jugar y la posibilidad (remota, eso sí) de ganar, valen mucho más.

Así que nos ponemos al lío. Hay un momento en que tengo unas dobles parejas y aún falta una carta por salir. Estoy seguro de que él tiene algo bastante peor, así que le hago un all-in. Si lo gano, él no se elimina, porque tiene mucho más que yo, pero la cosa se igualaría bastante. Aún así, no se atreve y al final no lo acepta, pero me llevo un buen pellizco.

Poco después me sale una K y un 9 y, antes de sacar las 3 cartas siguientes, me hace un all-in. Decido aceptarlo. Alguna vez tiene que acabar esto y mis cartas no están tan mal. Mostramos cartas. El tiene As y 10. Mala cosa.

Van saliendo las cartas… un 5 (bah)… un 10 (mierda!!… que salga una K!!!)… y un 8.

Se acabó. Él gana.

Pero sigo flipando. He quedado 2º de entre unos 18 jugadores experimentados y he ganado 210 NZD, lo que supone un beneficio de 130 NZD (77€). Pues no está mal.

Miro el reloj y pasa de la media noche. Madre mía. Pero qué bien me lo he pasado. Creo que he estado estresadísimo todo el tiempo. Más por meter la pata que por el dinero. Me daba cosa que se notara demasiado lo novato que soy. Y mira, al final… segundo!

Al día siguiente, el martes 17 de octubre, me levanto tarde, claro. Alister ya se ha ido a trabajar y pillo a Sam saliendo a todo correr. Llega tarde al curro.

Aprovecho para hacer mis saludos al sol en la terraza. Paso la mañana tranquila, escribiendo el blog (voy con retraso). A mediodía se levanta Bianca. Le ofrezco cocinar algo rico y sano para el almuerzo. Hago una especie de paella vegetariana que queda bastante aparente y nos la tomamos en la terraza con una cerveza mientras nos contamos la vida. La suya es muy corta, claro, pero resulta interesante hablar con alguien con quien te separa ya una generación.

Es curioso como siempre, sistemáticamente, pensamos que las nuevas generaciones son peores que la nuestra (más vagos, menos preparados, menos inteligentes, con menos valores o ideales…). Pero lo más curioso es que si lo miramos en perspectiva, vemos que siempre las nuevas generaciones han superado a las anteriores. Nos quejamos de ellas… porque sabemos que nos van a dar mil vueltas y nos da pánico.

Y en este caso no será una excepción, ya lo veréis.

Paso la tarde con el blog y cuando llega Alister, me ofrezco a hacer la cena: Tortilla española.

Vuelvo a probar el truco que ya utilizaba cuando hice mi HelpX en Ohakune (Nueva Zelanda) hace año y medio: rallar la patata en vez de hacerla en láminas.

Y no hay ninguna duda, se hace mucho más rápido, fácil y queda mucho más suave.

Por suerte la sarten es buena y no se pega.

Para que quede muy hecha, basta con dejarla en la sartén tapada y con el fuego apagado.

A Alister y Bianca les encanta.

Después de cenar, Alister y yo echamos algunas manos de póker y nos echamos unas risas. Han sido unos hosts estupendos.

Y eso sin hablar de Marx, el gato de la casa, que un día llegó de visita y se quedó. Es de lo más cariñoso y hemos hecho muy buenas migas.

Y es por esto por lo que me gusta Couchsurfing. No se trata de tener alojamiento gratis (porque al final siempre invitas a algo o cocinas algo y contribuyes), se trata de la experiencia de compartir unos días con alguien que no conoces y descubrir cómo es su vida. A veces (muy pocas) la experiencia puede ser negativa. Otras veces (especialmente si sólo pasas una noche), no consigues conectar. Pero en muchos casos, acabas teniendo nuevos amigos y llevándote una gran experiencia contigo.

Y así terminan mis días en Akaroa. Mañana por la mañana temprano marcharé en autostop a Darfield (a algo más de 100 kms) donde empezaré un housesitting de 4 semanas cuidando del gato Max.

Es gracioso, porque cada vez que digo que me voy a pasar un mes a Darfield, abren mucho los ojos y preguntan…

– Why?

Vale, está claro que va a ser un sitio muy tranquilo y nada turístico. Pero qué mejor sitio para empezar mi colaboración con la empresa vietnamita que ha contratado mis servicios Online. Eso sin quitar que tendré coche y que estoy a sólo 40 minutos de Christchurch (la tercera ciudad de Nueva Zelanda) y a poco más de las montañas del centro de la isla sur, donde espero hacer muchas escapadas.

Pero eso……en el próximo capítulo.

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