1 – 13 marzo 2020

1.548 días viajando…
2 días en Madrid…
1 día en Vitoria y Huesca…
1 día en Vilassar de Mar (Cayalunya)…
3 días de roadtrip por Rupit (Catalunya)…
4 días en Cal Cases (Catalunya)…

Madrid…

El 1 de diciembre de 2020 regresamos de Córdoba a Madrid por la noche, después de un estupendo finde de desconexión.

Al día siguiente me pongo como loco a buscar una moto de segunda mano que me convenza. Estoy buscando concretamente una Honda CBF250, porque es la que tuve en mi Mototrip por España de 2018 y me funcionó de maravilla. No corre mucho (a mí ya me vale porque me gusta ir despacio y por carreteras secundarias), pero es resistente como pocas y, lo mejor de todo, consume menos que un mechero.

Me pongo a mirar en motos.net, Wallapop, MilAnuncios… pero al final es en Facebook Market donde encuentro a “Deep Black“. Como no limité el radio de búsqueda, la moto ha aparecido en Vitoria. Y lo que son las cosas, así como me fue imposible entenderme con los sevillanos para comprar la moto allá, con los vascos es todo lo contrario. Son tan directos y claros que, si no los conoces, casi parecen agresivos.

La dueña de la moto, Ainhoa, me lo dice claramente desde el principio. No quiere que la mareen más (ya van dos compradores que sí, pero no…), así que yo le respondo con la misma franqueza. Si me ajusta el precio, me planto en Vitoria al día siguiente con el dinero en la mano y me la llevo ese mismo día. Ella acepta y yo preparo la mochila.

Así me gustan las cosas, cuando fluyen.

Así que el 4 de marzo de 2020 cojo mis cosas y me voy para la estación de Chamartín para pillar el tren a Vitoria.

Por cierto, que no sabía que lo de no subir navajas a bordo era también válido en los trenes de largo recorrido. Me han detectado mi navaja multiusos y no me la dejan pasar, menuda putada.

Así que me voy a la cafetería de la estación, veo a una pareja y les digo lo que me ha pasado. Les pido si me pueden guardar la navaja hasta que vuelva. Al principio me miran extrañados, pero al final aceptan y me dan su contacto para que les localice cuando vuelva. A saber cuándo será. Pero mejor eso que tirarla por ahí.

Al poco ya estoy viajando hacia el norte.

Vitoria…

He quedado con Ainhoa en la estación de Vitoria. Justo en estos días es cuando se ha producido un gran pico de contagios del coronavirus en esta ciudad. Vaya puntería.

Ainhoa me lleva hasta su casa, donde conozco a su pareja, Javi, y a Jokin y Nala.

Son tan majos que no sólo me venden la moto, sino que me invitan a comer y todo. Incluso Javi me ayuda a conectar el soporte para móvil con cargador USB que me he traído.

Después de comer, monto mis cosas en Deep Black… y estoy listo para echarme a la carretera.

La moto está muy bien, porque es de las más nuevas que he visto hasta ahora (de 2008) y tiene sólo 14.000 kms. Y es que llevaba guardada en el garaje desde hace 2 años, cuando Ainhoa dejó de usarla al quedarse embarazada.

Cuando la probé antes de comprarla, noté que me hacía algo raro en los giros. Supuse que quizá las ruedas estaban un poco bajas de aire. Paro en la primera gasolinera que veo para llenar el depósito y, al comprobar la presión de las ruedas… me sorprende haber conseguido llegar hasta aquí. ¡Estaban completamente deshinchadas!

2 bars y pico de presión más tarde, vuelvo a estar en la carretera… y esto es otra cosa.

Mi destino es Vilassar de Mar, donde he quedado con mi amiga Marta para pasar unos días. Pero está demasiado lejos para llegar hoy, así que haré una “escala” en Huesca.

Pitillas…

En mi viaje a Huesca hago una parada a mitad de camino para descansar y tomar un café. Y la mitad de camino resulta ser el precioso pueblo de Pitillas, que tiene un encanto de lo más especial.

Aprovecho su iglesia para hacer la primera sesión de fotos con la moto.

Y, ya que estoy, hago una pequeña visita al pueblo.

Son de estos pueblos perdidos y desconocidos que sólo te encuentras si no vas por las autopistas. España está lleno de ellos y es siempre emocionante encontrárselos.

Antes de reanudar la marcha, chequeo el aceite con la varilla… y no consigo ver que salga manchada. Me quedo preocupado por si está baja de aceite, pero ya no puedo hacer gran cosa por aquí y a estas horas.

Huesca…

Sobre las 20h llego a Huesca. Para alojarme, he lanzado varias solicitudes de Couchsurfing, y la maravillosa Ana ha aceptado alojarme en su apartamento cercano al Palacio de Congresos. Así que hemos quedado allí. Llevo 270 Kms.

Cuando llego, estoy completamente congelado. Se hace duro viajar en moto de noche.

Para cenar, Ana ha invitado a su amigo Jorge, y los 3 pasamos una velada maravillosa, de esas que sólo salen cuando no las planeas. Jorge está fascinado con mi forma de viajar y no paramos de charlar los tres de viajes y aventuras.

A la mañana siguiente, después de darme de desayunar (¡¡Millones de gracias, Ana!!), nos despedimos y me vuelvo a poner en camino.

Cuando estoy saliendo de Huesca, me acuerdo del aceite, así que paro en una gasolinera y me recomiendan que vaya a un taller de Barbastro, un municipio que está un poco más adelante.

Nada más llegar a Barbastro veo un taller de neumáticos y pregunto. Me dicen que ellos no llevan motos, pero me recomiendan con mucho ahínco Motos Rubiella. Para allá que me voy.

El encargado, con mucha seriedad pero mucha amabilidad, echa un vistazo al aceite y me pone cara de… “pero a dónde vas así, chaval!!”

Le echa medio litro de aceite… y tiene que ir a por más. Al final le pone casi 1 litro. Ay, dios, iba casi sin aceite. Llego a gripar la moto y me da algo.

Al final me cobran 10€ por el servicio y el aceite… ¡Me han salvado la vida!

Ya que estoy aquí, me tomo otro café en el Café El Pentágono mientras espero a que deje de chispear.

Y ya voy casi de tirón hasta Vilassar de Mar, donde llego para la hora de comer. Llevo 600 Kms.

Tras pasar 2 días de relax en Vilassar de Mar, Mario, el hermano de Marta, nos presta su autocaravana para que podamos pasar el fin de semana por ahí.

Roadtrip por Rupit…

Salimos el 7 de marzo de 2020 sin demasiada idea de hacia dónde ir. Mario nos ha recomendado el pueblo de Rupit y alrededores, así que tiramos para el norte.

Hacemos una primera parada en la Presa del Pantano de Sau.

Éste es el lado del embalse…

…y éste el lado de la presa.

Impresiona bastante.

Seguimos avanzando hacia Rupit pero se va haciendo tarde, así que buscamos un lugar en el que pasar la noche. Nos desviamos por un camino secundario que lleva a una pequeña Masía.

Yendo un poco más allá encontramos un espacio al lado del camino donde poder “aparcar”. El perrete de la Masía viene a darnos la bienvenida.

Al amanecer el sitio es espectacular…

Después de un buen desayuno, llegamos a Rupit, uno de los dos pueblos que forman el municipio de Rupit y Pruït. Es espectacularmente bonito. Se nota que se lo han currado un montón para hacer un pueblo turístico.

Una de sus atracciones turísticas es el puente colgante.

Nos damos una vuelta hacia la zona norte, cuyo camino va subiendo, subiendo… y muestra unas vistas del pueblo así de chulas.

Al final nos acabamos medio perdiendo y, de repente, nos encontramos que estamos dentro del Camping Rupit, al que hemos accedido desde el río. Intentamos salir por la puerta principal pero está cerrada, así que tenemos que montar el número de saltar la valla para salir. Menos mal que no hay nadie por aquí. Cuando estamos de vuelta, volvemos a tener otra vistaca del pueblo.

Para comer, nos preparamos una megaensalada de garbanzos, tomate, aguacate… y nos la comemos en uno de las mesas que hay a lo largo del río.

Por la tarde hacemos un primer intento de llegar hasta la cascada de El Salt de Sallent andando, siguiendo un camino que pasa por la Ermita de Santa Magdalena

Desde donde también tenemos unas magníficas vistas del pueblo.

Seguimos el camino, pero al rato queda claro que no vamos en la dirección correcta y se nos está haciendo un poco tarde.

Pero la verdad es que nos apetece bastante ver El Salt del Sallent, así que decidimos “acampar” esta noche en el aparcamiento de la cascada e ir a visitarlo mañana por la mañana.

El lugar nos ofrece un atardecer único.

A la mañana siguiente, después del desayuno, claro, nos ponemos en marcha.

Hay un camino muy claro que sale del aparcamiento hacia el norte y va hacia la cascada.

El camino transcurre al borde un enorme corte de la montaña que, en algunos puntos, deja unas vistas impresionantes.

Y, finalmente llegamos a la parte de arriba de El Salt de Sallent.

Foto de Marta

Desde algunas de las rocas se puede ver la caída del agua, pero la verdad es que da mucho vértigo.

Caminando un poco más allá, se llega hasta el Mirador del Salt de Sallent, desde donde se puede ver toda la cascada. Al parecer es la más grande de Catalunya.

Y siguiendo un poco más allá, se puede encontrar un camino bastante escondido y empinado que va bajando la montaña en zig zag. Lo seguimos con la esperanza de que nos lleve a la parte de abajo de la cascada.

Lo más impresionante es ver las consecuencias de la constante (aunque espero que poco frecuente) caída de rocas desde la pared, algunas de tamaño considerable.

Pero vemos que el camino se va alejando más y más de la cascada, y está claro que no lleva a donde queremos, así que nos rendimos y media vuelta, que ya toca volver a “casa”.

Barcelona…

Al día siguiente de nuestra excursión, el 10 de marzo de 2020, me despido de Marta, cargo mis cosas en Deep Black y me voy para Barcelona. Bueno, antes paso por Correos para conseguir mi Etiqueta de Certificación Energética y así poder entrar en Barcelona.

En realidad mi nuevo destino es la comunidad de Cal Cases, pero antes tengo una reunión en Barcelona para concretar el que será mi próximo destino. Gracias a mi amiga Núria, que me ha conseguido el contacto, me ha salido la posibilidad de ir a Menorca durante un mes para cuidar de dos casas allí.

Y también me ha salido la posibilidad de presentarme al casting de Billy Elliot para la temporada en Barcelona. Creo que puedo encajar en el papel de Padre de Billy o en el de padre de Michael.

Como el casting es el 16 de marzo, el plan es quedarme en Cal Cases hasta entonces, hacer el casting e irme a Menorca el 18 de marzo. Todo queda concretado en la reunión y hasta tengo ya mi billete para el ferry, así puedo llevarme la moto.

Como voy sobrado de tiempo, hago una parada para comer algo en el Via Café, mientras soluciono unos problemillas que tengo con mis servidores Ubuntu.

Cal Cases…

Ya por la tarde de ese mismo 10 de marzo de 2020, me pongo en camino hacia Cal Cases. Para evitar la autopista, voy por el lado de Moyà, en vez de por Artès, que es por donde vine hace 2 años. Y es por eso que me llevo una enorme sorpresa cuando paso por delante de la Casa de Colònies La Ruca.

Y es que yo estuve en esta misma casa, en un encuentro de mi Parroquia de Sabadell, cuando yo tenía 14 años. No tenía ni idea de dónde estaba y ha sido emocionante encontrármela así y saber que está tan cerca de Cal Cases.

El problema es que el camino para acceder a Cal Cases desde Moyà es bastante peor que el de Artés (que ya es decir). Son caminos rurales sin asfaltar. El camino cruza un pequeño canal de agua, pero al menos en esa parte le han puesto cemento, pero es casi peor, porque todo el cemento se ha llenado de algas y es extremadamente resbaladizo. No me he caído de la moto por poquísimo.

Pero un poco más allá, cuando aún me quedan unos 3 kms para llegar, en una subida pronunciada, me encuentro más piedras de lo habitual, y al final la moto patina y me voy al suelo. Nada grave para mí, más allá de algún arañazo en la mano porque voy muy despacio, pero con tan mala fortuna que se parte la manija del embrague.

Y aquí estoy, en medio de la nada, casi anocheciendo y completamente tirado.

Por suerte aún tengo cobertura, así que llamo a mi amiga Núria, que está en Cal Cases, para que venga a rescatarme. Pero mi preocupación es qué hacer con la moto. No quiero dejarla ahí tirada. Y no sé yo si una grúa va a venir hasta aquí.

Así que mientras llega Núria, consigo hacer un apañete. Utilizo uno de los pulpos elásticos para sujetar la manilla al eje (por suerte el cable no se ha roto). No es súper-estable, pero al menos puedo cambiar de marchas. También me ha saltado un espejo retrovisor, pero eso tiene más arreglo.

Cuando llega Núria, pongo mis mochilas en su coche y le pido que me siga de cerca por si me vuelvo a caer. Y así, despacito, conseguimos llegar a Cal Cases sin más incidentes, ya casi al anochecer.

Me asignan la misma habitación que la otra vez que estuve. No me puedo quejar en absoluto. Una vez que enciendo la estufa de leña, es de lo más acogedora.

Como ya conté hace casi dos años, Cal Cases se formó hace unos 13 años a partir de un grupo de amigos, miembros del Ateneu Rosa de Foc de Barcelona, que estuvieron durante 3 años teorizando sobre la posibilidad de montar una comunidad de familias y plantando las bases que regularían su funcionamiento. Tres años después, apareció Cal Cases, una antigua casa de colonias en venta, y ahí empezó todo.

Cuando estuve en 2018, aunque sólo estuve un finde largo, me quedé fascinado con su funcionamiento y su buen rollo. Para mí es el modelo más sostenible de sociedad, comunidades pequeñas o medianas que se basan en la cooperación, compartir y sostenerse mutuamente con un proyecto común. Las grandes ciudades te deshumanizan, y vivir solo… hasta cierto punto también.

Además, a diferencia de otras comunidades que pueden llegar a ser casi “sectas” por estar demasiado basadas en un rollo excesivamente espiritual o demasiado políticas, Cal Cases se basa en la sostenibilidad, la autogestión, la autosuficiencia, la solidaridad y en valores alejados del individualismo. Sí, es cierto que muchos de los miembros vienen de movimientos de activismo político y social y que, en muchos casos, son activamente pro independencia de Catalunya, pero eso no les hace en absoluto intolerantes, sino todo lo contrario. No hay más que ver cómo me reciben con los brazos abiertos sabiendo que vengo de Madrid.

El lugar es sencillamente maravilloso.

Me enamoré tanto de lo que aquí se respira, que mi plan era venir como voluntario a pasar una temporada más larga, un mes o dos, para conocer el funcionamiento en profundidad y a todos sus miembros. Y, además, perfeccionar mi catalán.

Pero como me ha surgido lo de Menorca, al final sólo voy a poder estar una semana, pero mi plan es volver después.

Vengo como voluntario, por lo que me ofrezco para ayudar en todo lo que necesiten. El primer día lo dedicamos a cortar leña para el próximo invierno. Es un actividad que hacen 2 días por semana.

Por un lado hay 2 o 3 personas cortando pinos con las motosierras…

Los pinos son una especie invasora en estas tierras y su densidad es demasiado grande, por lo que el terreno sufre “estrés hídrico“, por lo que este tipo de tala no va contra el medio ambiente, sino todo lo contrario.

Después de tumbar un pino, le cortan las ramas y lo trocean. Ahí es donde empieza mi trabajo. Tengo que seleccionar las ramas más gruesas y cortarlas para leña, y el resto de ramas más finas simplemente las quemamos, ya que no son de utilidad y dejarlas tiradas serían un riesgo de incendio en verano.

Algo maravilloso que tiene Cal Cases este año es un grifo de cerveza con un par de barriles que sobraron de la última fiesta. No hay nada mejor para después del trabajo.

Otro de los días acompaño a Benoit y Alex a ampliar las colmenas que la comunidad tiene por aquí. Es toda una experiencia.

Otra de las cosas que más me gustan dentro de la organización de la comunidad es el tema de las comidas. La mejor manera de “crear comunidad” es asegurarse de que las comidas se hagan en grupo. Para ello, en Cal Cases, la comida está “incluida” por el hecho de ser miembro. Es decir, toda la comida se compra en común y se hacen turnos para cocinar en la maravillosa cocina que tienen.

Así que a cada miembro le toca cocinar una vez por semana para toda la comunidad. De esta forma la comida es siempre muy variada y todos comemos juntos. Además, por sostenibilidad medioambiental, la comida es siempre vegetariana, excepto una vez a la semana, que hay opción de carne o pescado. Es el paraíso para mí.

Como hace buen tiempo, las comidas las hacemos fuera…

…pero las cenas dentro, que ya refresca.

También he tenido la suerte de conocer a los dos gatos de Núria. Éste es Dante, que perdió una pata hace poco por una infección que tuvo tras ser atacado por otro gato salvaje. Pero lo lleva con toda naturalidad.

Y ésta es Mandala, un poco más esquiva.

Como siempre, a primera hora, lo que primero que hago es mi sesión de yoga. Para ello , los primeros días utilizo el dormitorio común que sólo se utiliza cuando se organizan eventos.

Pero luego descubro la Sala Polivalente, mucho más agradable e iluminada. Y además… tiene hasta piano!!

Por las tardes Núria me enseña los alrededores, como la Masía La Careta.

Fuertemente defendida por una manada de gansos.

Como decía, el plan era quedarme aquí hasta el lunes 16 de marzo, día del casting para Billy Elliot, e irme a Menorca el 18 de marzo. Pero las cosas se están poniendo muy feas con el tema del coronavirus. Se empieza a hablar de confinamiento y limitación de movimientos. Y, además, ya me han avisado de que se ha cancelado el casting.

Es por eso que la dueña de las casas de Menorca me dice el viernes 13 de marzo de 2020, que si quiero irme, debería hacerlo ya mismo o es probable que la semana siguiente ya no pueda. Hablo con la compañía del ferry y están permitiendo cambio de billetes sin coste, precisamente por este motivo. Pero me dicen que no hay ferrys en fin de semana… es decir, o me voy ya mismo o no me voy.

Por un lado es tentadora la idea de quedarme en Cal Cases a pasar el confinamiento, pero por otro, he adquirido ya el compromiso de cuidar de las casas de Menorca y tampoco me parece un mal sitio donde pasar el apocalipsis zombie éste, aunque estaré bastante más solo, eso sí.

Así que ese mismo día, después de comer….

…vamos Núria y yo a Artès para llevar la moto al taller. Benoit, un belga de la comunidad con el que he hecho mejores migas (y con el que tengo que hablar en catalán, porque cuando vino aquí es el idioma que aprendió, ya que es lo que habla todo el mundo, por lo que no se molestó en aprender castellano. Es una buena excusa para mí para practicar), y que también tiene moto, me recomendó el Taller Motos Luna de Artés. Hablé hace un par de días con Joan Luna, el dueño, y quedó en conseguirme una manija del embrague.

Así que vamos para allá con la idea de tener la moto lista hoy mismo. Joan, que es encantador, me arregla la manija, el espejo, me cambia el aceite y los filtros, me engrasa la cadena y me la deja a punto en apenas una hora. Mientras, Núria me enseña el casco histórico de Artés.

Y aprovecho también este rato para llamar a Trasmediterranea y cambiar el billete para hoy mismo a las 22:30. No voy sobrado de tiempo, porque tengo que volver a Cal Cases, recoger mis cosas e ir hasta el puerto de Barcelona que está a unas 2 horas de camino.

Así que una vez que tengo la moto, hago mi mochila, limpio la habitación, me despido de la gente con un “hasta pronto” y me pongo en camino para Barcelona. Esta vez voy por Artés y no por Moyà. No quiero sustos en este camino de cabras.

Llego al Port de Barcelona ya de noche, pero bien de tiempo.

Próxima parada… ¡¡Menorca!!

Conclusiones y Planes…

Según iba escribiendo ésto, me daba la sensación de que estaba hablando de un lapso de tiempo más largo, pero han ido sólo 12 días desde que llegué a Madrid desde Córdoba hasta que embarqué para Menorca. 12 días de locura y no parar. Pero así es como me siento vivo, cuanto más me muevo.

El tema del Coronavirus se ido haciendo cada vez más y más grande. Casi parece que me estuviera persiguiendo. Me voy de Madrid cuando se está empezando a ir de las manos, paso por Vitoria, justo cuando acaba de aparecer un fuerte brote allí y llego a Catalunya cuando empiezan a crecer los casos.

La verdad es que me da mucha pena irme de Cal Cases porque he estado increíblemente a gusto estos pocos días, y es muy agradable estar con más gente, compartiendo… Pero la idea de pasar el ya casi inevitable confinamiento en Menorca, tampoco suena tan mal. Apenas hay casos allí y está claro que la semana que viene ya van a cerrar la isla, así que va a ser de los sitios más seguros en los que estar. Eso sí, es una enorme pena estar en semejante paraíso natural con moto y no poder salir de casa. Habrá que ser paciente.

Mi infinito agradecimiento a las Mer, Ana, Marta y Núria/Cal Cases por haberme dado alojamiento durante estos 12 días. Si mi viaje es posible es gracias a personas como vosotras.

Vienen tiempos raros, pero tengo la sensación de que mis últimos 4 años han sido una especie de entrenamiento para esto que se avecina…

…y doy enormes gracias por ello.

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